Hablamos con... Carlos Iglesias
Nació en el Madrid de finales de los cincuenta y pronto se marchó con sus padres a Suiza. Un viaje de ida y vuelta que le arrojó de nuevo a la realidad de un país que intentaba despegar.
Ese es el germen de su primera película, la historia a la que daba vueltas cuando Manuel Gutiérrez Aragón le regaló el personaje de Sancho Panza en la última adaptación de la obra cervantina, El caballero Don Quijote. Hasta entonces Iglesias había acumulado intervenciones contadas en cine y muchas experiencias teatrales y televisivas, entre las que no podemos olvidar la serie Manos a la obra que durante cuatro años le colgó el sambenito del "chapucillas" Benito.
El actor se convierte en completo cineasta gracias a una acertada visión de la emigración, un fenómeno vivido en sus propias carnes. Quizás por ello su debut en la dirección, Un Franco, 14 pesetas, se ha convertido en una de las más emotivas y sinceras cintas del cine español de los últimos años. Aunque no descarta ponerse al frente de otros proyectos como director, y reconoce que llegó a esta etapa sin pretensiones iniciales: él sólo quería narrar su historia, la de sus padres.
Daniel Galindo: Que frágil es nuestra memoria histórica, siendo además colectiva. Seguro que se le pasó por la mente a la hora de mascullar el proyecto.
Carlos Iglesias: Y tanto. Parece mentira que en tan sólo 40 años hayamos olvidado que muchos españoles tuvieron que salir de un país que no levantaba cabeza para llevarse a la boca un trozo de comida. Convertidos en país de acogida, la memoria de grupo parece que se estanca y sólo se mantiene activa en las familias, entre ellas la mía, que fueron protagonistas de aquel éxodo. Así se me ocurrió plasmar mis recuerdos en un guión y, para que no quedase un tanto desvirtuado, inicié un proceso de búsqueda en los retazos de vida de muchos otros españoles e italianos en países como Suiza y Alemania.
DG: ¿Un ejercicio de reivindicación?
CI: Más o menos. Este tema no se ha tratado con profundidad en nuestro cine pero no quiero ponerme medallas ya que sobre todo consistía en saldar las cuentas conmigo mismo, por todos los reproches que les hice a mis padres al regresar a Madrid con 13 años, dejando atrás a mis amigos y una vida modelo. Homenaje a mis progenitores, por su puesto, y luego sentía la necesidad imperiosa de narrar cómo nos trataron los suizos que, a pesar de que no nos regalaron nada, fueron honestos con nosotros. Mucha gente me pregunta por el mensaje y creo que está claro: hemos sido emigrantes y el trato que recibimos fue mejor que el que ofrecemos ahora a los inmigrantes.
DG: El rodaje le llevó de vuelta al pueblo suizo donde pasó buena parte de su niñez...
CI: Estuvimos algo más de dos semanas en una localidad cercana a la que me acogió en mi época de gamberrillo. Incluso pudimos rodar en la casa dónde viví. Lo curioso es que a más de 2.000 kilómetros de España he encontrado de nuevo un trozo de hogar en el que todavía viven recuerdos y emociones de aquellos años.
DG: ¿Echamos la vista atrás y miramos a Málaga? Premio del Público y los galardones a la mejor fotografía y al mejor guionista novel...
CI: Se me abrieron las puertas de par en par. Sin duda, el reconocimiento de los espectadores malagueños es el que me causó más orgullo. Me hizo pensar en muchas cosas y fíjate, todavía recuerdo cuando Manuel Gutiérrez Aragón me dijo que yo debía dirigir la historia que durante 3 años había ido perfilando, porque sólo yo podía hacer que aquellos hechos no se olvidasen. Ya está en los cines, parece mentira. Ahora mis hijos encuentran una respuesta tangible a la pregunta que hicieron en estos cinco últimos años: ¿a qué te dedicas, papá? A hacer una película.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.


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